Bogotá ingrata

By nacionalidadbogotana

Después de mucho echar de menos el chocolate Sol y la papaya al desayuno, cansada de racionar con primor la panela en cubitos durante inviernos larguísimos inmundos, me dije “marica, esto es una chanda. No más. Extraño Bogota como un putas, y vivir por fuera no da pa más ala”. Llamé a la familia y se organizo un viaje / cambio de vida de emergencia para aliviar la inmensa nostalgia de las montañas.

 

A los 35 mil pies de altura el desarraigo y el ansia en la tripa me daban botes, no veía la hora de estar ya cerquita a la linda sabana con las vaquitas y las carpas de plástico de los cultivos de flores. Al fin la casa. Bogotá, no me salgas retrechera. Dame tu amor porque si no mi corazón se romperá en cien mil san victorinos.

 

Los primeros días qué romance, oyendo hablar a la gente “mijita como me le fue por allá, siquiera volvió”, tanta dulzura, tanta suavidad de nubes “sí a la orden qué se le ofrece, ya en 5 minuticos con mucho gusto”. Bogotá renovada con nuevas migraciones de provincia, más variedad de pieles por la calle se cosmopolitizó esto, no pues, qué belleza. Quién diría que sacaría las uñas. Las filas del transmilenio son bíblicas. No hay manera en este mundo de que tanta gente se desplace pal mismo lado a la misma hora por el mismo espacio sin que sea una desmoleculización a la mala de apretujones y gente que no abre las ventanillas. Qué pasó con esos trayectos memorables que me mataban a lagrimones extrañándolos en un frío metro? Aquellos con hit tropical y atardeceres divinos, los que me parecían que siempre iba cagada de la risa agarrando curvas, cuando uno estaba enamorado y los grises eran rosas? Hoy moverse es una tragedia, caiga de la nube.

 

Ahora diga la gente. Gente pendeja de todos lo pelambres…

 

En realidad la cagada mayor que me mató la ilusión, fue el temblor. Esas montañas de mis anhelos, que yo llamaba en mis pesares, al fin dieron muestra de lo poco que les importa el cariño que uno les guarda. Se movieron, se agitaron, se sacudieron lo que llamamos Bogotá, la casa se volvió de cartulina dejándome con el susto de que un día cualquiera estas se soplan de encima la ciudad y todo se acaba, uf! Esas montañas que para peor se han cubierto de ranchitos de miseria y dolor de recién llegados agarrados a la loma apenas con las uñas y los dientes, la variedad de pieles es de una palidez triste.

 

Bogotá ingrata. Cuánto podría durar nuestro idilio. Ya no soy de tí como no eres de mí. Snif…

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