Desde el piso 9 la vida fue llena de acción y emoción sobre tapete, sin necesidad de parque, pasto, carreras de bicicletas, amorcitos y todo lo que tienen los niños de casa en conjunto cerrado. Si hacía berrinche y lloraba horas, era con atardeceres increíbles vistos desde las alturas. La sirena de los bomberos era familiar, la alarma de que algo pasaba en la ciudad sonaba cerca de mi ventana. Vi un par de tiroteos, uno justo frente al anden de mi edificio en épocas de Pablo Escobar, cuando se metió un traqueto en contravía y ante la negativa de quitarse de la conductora del carro que sí tenia la vía, pa-pa-pa, el tipo todopoderoso le desinfló las llantas. Otro más violento cuando atracaron un comercio cerca, los ladrones salieron corriendo por la 8ª y detrás los policías, todos echando tiros. Vi cuando un policía disparó y uno e los ladrones cayó y los otros se escaparon. Luego vino el policía y tocó el cuerpo abatido, la mano le quedó llena de sangre y se limpió en un poste donde después podía ver la mano pintada al pasar. Toda esa acción. Una vez se incendió la venta de pólvora de Lourdes y después del susto de escuchar un boom de final del mundo, vi el espectáculo más delirante, con árboles ardiendo y fuegos pirotécnicos descontrolados, divinos en desorden, gente corriendo y gritando, movimiento de baldados de agua y mangueras. El ruido de la avenida me arrullaba. La vitalidad de una urbe gigantesca y peligrosa me daba seguridad y calor de hogar. De ahí que no soporte la morfología de casitas tranquilas esparcidas en el verde o los pueblitos ordenados donde nunca pasa nada y la gente es amable. Anonimato, velocidad, agitación de bestia grande, frío, son mi medio natural.