Tarde borrosa

By nacionalidadbogotana

 

Vengo de un piso 9 en la 64 con 7a y ese es mi referente principal de este mundo. Ahí abrí los ojos y lo primero, fueron calles, gente deprisa, gris, charcos. Cuando mi mamá salía y que yo a los tres años no alcanzaba a la ventana, me ponían un banquito para verla caminar por la calle mientras se alejaba. Yo llorando, todo borroso, Bogotá vastísima y chiquitica, mi mamá desde la calle me saludaba con la mano y luego pasaba debajo de un árbol y desaparecía entre los miles de dedos de la ciudad. Gritaba a ver si alguien me miraba, como nadie me miraba me sentía libre para cantar o gritar muy duro por la ventana, el berrinche se distraía y cuando mi mamá volvía, todavía estaba ahí mirando para abajo charcos, gente rápida y fugaz, gente lenta vendiendo frutas o paletas, unas palomas dándose una vuelta, techos de teja con techos de cemento.

 

Mi mapamundi comenzaba con el andén del edificio donde me sacaban a montar triciclo, una agencia de viajes con un avión a escala despegando en la vitrina y justo enfrente, la tienda de obleas y mantecadas de Marujita. En la esquina de la 9ª con 64 la panadería en una casa muy antigua, donde me llevaban a comer suspiros de colores, el mostrador estaba en lo que antiguamente sería una sala con molduras que vería mejores tiempos de fiestas elegantísimas santafereñas y damas bordando. Sobre la misma 9ª hacia el sur, frente al parque, una peluquería especial para niños, una chimba porque las sillas eran carritos en miniatura bastante realistas que me suplieron Disneylandia. El parque de Lourdes con esos árboles tan antiguos que según contaba la leyenda, ya estaban sembrados ahí cuando mi abuelita era niña, o sea que compartíamos árboles y niñez a través del tiempo. Los jardines alrededor de la iglesia, tan misteriosos y encantados que tal vez era ahí donde ocurrían milagros como apariciones de la Virgen, revelaciones de Ángeles, nacimientos repentinos de agua. Las baldosas de la plaza con labrados que ya no se hacían más. La iglesia tan alta que en las cornisas de arriba vivían posiblemente los santos y todos los muertos en miles de dorms muy divertidos que sólo conocería en el más allá. A la salida, algodones de azúcar que no me compraban porque era mucho dulce y no me lo iba a comer todo. Volviendo, las ramas de los árboles que aunque saltara con toda la euforia no alcanzaba a tocar, alguna viejita loca gritando en un mundo paralelo que me decían “no la mire”, un perro asomando la nariz debajo de un portón verde pasto de casa vieja, una paloma buscando a sus amigas, cruzar calles corriéndole a los carros, Marquitos el portero del edificio, marcar saltando el botón iluminado del 9, la ventana, atardeceres con fondo gris y Plaza Sésamo.

 

A mí no me sacaron a dar botes en el pasto del parque, ni tuve sol con pasamanos con arenera. Antes que nada fueron calles, llovizna y ruido.

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