Archivos de la categoría ‘Bogotá - Disco Duro’

Bogotá high speed

Julio 5, 2008

 

Desde el piso 9 la vida fue llena de acción y emoción sobre tapete, sin necesidad de parque, pasto, carreras de bicicletas, amorcitos y todo lo que tienen los niños de casa en conjunto cerrado. Si hacía berrinche y lloraba horas, era con atardeceres increíbles vistos desde las alturas. La sirena de los bomberos era familiar, la alarma de que algo pasaba en la ciudad sonaba cerca de mi ventana. Vi un par de tiroteos, uno justo frente al anden de mi edificio en épocas de Pablo Escobar, cuando se metió un traqueto en contravía y ante la negativa de quitarse de la conductora del carro que sí tenia la vía, pa-pa-pa, el tipo todopoderoso le desinfló las llantas. Otro más violento cuando atracaron un comercio cerca, los ladrones salieron corriendo por la 8ª y detrás los policías, todos echando tiros. Vi cuando un policía disparó y uno e los ladrones cayó y los otros se escaparon. Luego vino el policía y tocó el cuerpo abatido, la mano le quedó llena de sangre y se limpió en un poste donde después podía ver la mano pintada al pasar. Toda esa acción. Una vez se incendió la venta de pólvora de Lourdes y después del susto de escuchar un boom de final del mundo, vi el espectáculo más delirante, con árboles ardiendo y fuegos pirotécnicos descontrolados, divinos en desorden, gente corriendo y gritando, movimiento de baldados de agua y mangueras. El ruido de la avenida me arrullaba. La vitalidad de una urbe gigantesca y peligrosa me daba seguridad y calor de hogar. De ahí que no soporte la morfología de casitas tranquilas esparcidas en el verde o los pueblitos ordenados donde nunca pasa nada y la gente es amable. Anonimato, velocidad, agitación de bestia grande, frío, son mi medio natural.

Tarde borrosa

Julio 5, 2008

 

Vengo de un piso 9 en la 64 con 7a y ese es mi referente principal de este mundo. Ahí abrí los ojos y lo primero, fueron calles, gente deprisa, gris, charcos. Cuando mi mamá salía y que yo a los tres años no alcanzaba a la ventana, me ponían un banquito para verla caminar por la calle mientras se alejaba. Yo llorando, todo borroso, Bogotá vastísima y chiquitica, mi mamá desde la calle me saludaba con la mano y luego pasaba debajo de un árbol y desaparecía entre los miles de dedos de la ciudad. Gritaba a ver si alguien me miraba, como nadie me miraba me sentía libre para cantar o gritar muy duro por la ventana, el berrinche se distraía y cuando mi mamá volvía, todavía estaba ahí mirando para abajo charcos, gente rápida y fugaz, gente lenta vendiendo frutas o paletas, unas palomas dándose una vuelta, techos de teja con techos de cemento.

 

Mi mapamundi comenzaba con el andén del edificio donde me sacaban a montar triciclo, una agencia de viajes con un avión a escala despegando en la vitrina y justo enfrente, la tienda de obleas y mantecadas de Marujita. En la esquina de la 9ª con 64 la panadería en una casa muy antigua, donde me llevaban a comer suspiros de colores, el mostrador estaba en lo que antiguamente sería una sala con molduras que vería mejores tiempos de fiestas elegantísimas santafereñas y damas bordando. Sobre la misma 9ª hacia el sur, frente al parque, una peluquería especial para niños, una chimba porque las sillas eran carritos en miniatura bastante realistas que me suplieron Disneylandia. El parque de Lourdes con esos árboles tan antiguos que según contaba la leyenda, ya estaban sembrados ahí cuando mi abuelita era niña, o sea que compartíamos árboles y niñez a través del tiempo. Los jardines alrededor de la iglesia, tan misteriosos y encantados que tal vez era ahí donde ocurrían milagros como apariciones de la Virgen, revelaciones de Ángeles, nacimientos repentinos de agua. Las baldosas de la plaza con labrados que ya no se hacían más. La iglesia tan alta que en las cornisas de arriba vivían posiblemente los santos y todos los muertos en miles de dorms muy divertidos que sólo conocería en el más allá. A la salida, algodones de azúcar que no me compraban porque era mucho dulce y no me lo iba a comer todo. Volviendo, las ramas de los árboles que aunque saltara con toda la euforia no alcanzaba a tocar, alguna viejita loca gritando en un mundo paralelo que me decían “no la mire”, un perro asomando la nariz debajo de un portón verde pasto de casa vieja, una paloma buscando a sus amigas, cruzar calles corriéndole a los carros, Marquitos el portero del edificio, marcar saltando el botón iluminado del 9, la ventana, atardeceres con fondo gris y Plaza Sésamo.

 

A mí no me sacaron a dar botes en el pasto del parque, ni tuve sol con pasamanos con arenera. Antes que nada fueron calles, llovizna y ruido.