Archivos de la categoría ‘Carnet de Bogotá’

Bogotá ingrata

Junio 30, 2008

Después de mucho echar de menos el chocolate Sol y la papaya al desayuno, cansada de racionar con primor la panela en cubitos durante inviernos larguísimos inmundos, me dije “marica, esto es una chanda. No más. Extraño Bogota como un putas, y vivir por fuera no da pa más ala”. Llamé a la familia y se organizo un viaje / cambio de vida de emergencia para aliviar la inmensa nostalgia de las montañas.

 

A los 35 mil pies de altura el desarraigo y el ansia en la tripa me daban botes, no veía la hora de estar ya cerquita a la linda sabana con las vaquitas y las carpas de plástico de los cultivos de flores. Al fin la casa. Bogotá, no me salgas retrechera. Dame tu amor porque si no mi corazón se romperá en cien mil san victorinos.

 

Los primeros días qué romance, oyendo hablar a la gente “mijita como me le fue por allá, siquiera volvió”, tanta dulzura, tanta suavidad de nubes “sí a la orden qué se le ofrece, ya en 5 minuticos con mucho gusto”. Bogotá renovada con nuevas migraciones de provincia, más variedad de pieles por la calle se cosmopolitizó esto, no pues, qué belleza. Quién diría que sacaría las uñas. Las filas del transmilenio son bíblicas. No hay manera en este mundo de que tanta gente se desplace pal mismo lado a la misma hora por el mismo espacio sin que sea una desmoleculización a la mala de apretujones y gente que no abre las ventanillas. Qué pasó con esos trayectos memorables que me mataban a lagrimones extrañándolos en un frío metro? Aquellos con hit tropical y atardeceres divinos, los que me parecían que siempre iba cagada de la risa agarrando curvas, cuando uno estaba enamorado y los grises eran rosas? Hoy moverse es una tragedia, caiga de la nube.

 

Ahora diga la gente. Gente pendeja de todos lo pelambres…

 

En realidad la cagada mayor que me mató la ilusión, fue el temblor. Esas montañas de mis anhelos, que yo llamaba en mis pesares, al fin dieron muestra de lo poco que les importa el cariño que uno les guarda. Se movieron, se agitaron, se sacudieron lo que llamamos Bogotá, la casa se volvió de cartulina dejándome con el susto de que un día cualquiera estas se soplan de encima la ciudad y todo se acaba, uf! Esas montañas que para peor se han cubierto de ranchitos de miseria y dolor de recién llegados agarrados a la loma apenas con las uñas y los dientes, la variedad de pieles es de una palidez triste.

 

Bogotá ingrata. Cuánto podría durar nuestro idilio. Ya no soy de tí como no eres de mí. Snif…

Bogotá divina

Junio 30, 2008

La imaginada, un caserío tropical donde el calor, la humedad y el canto de las serpientes ponen la sangre alegre y jacarandosa, una mezcla de Beirut y Cuba donde los papagayos vuelan de palmera en palmera y duermen en los techitos de paja. Chocitas bañadas de sopor dulce en la capital irrisoria de un país latinoamericano cerca al África. Las hamacas quietas en la modorra del medio día, donde duermen parientes parecidos a Juan Valdez y a Celia Cruz, mientras alrededor juegan niños barrigones desnuditos y barren bichos los indígenas en taparrabos. Aquella Bogotá mítica que se sueñan los extranjeros que llegan en chancletas después de ver las pocas imágenes en el noticiero donde se arrulla una guerra tal vez al rumor del mar virgen y manso pero ladino. La Bogotá que nace en la mente de primer mundo luego de ver películas de mafia gringas en las que duermen tigrillos en el patio como mascotas junto a las matas de coca que cuida la abuela. Las riñas a machetazos, bala de carabina e injurias entre familias se denominan guerrilla y su sentido es clamar con tamboras himnos al atardecer por la libertad de un pueblo.

De ese lugar piensan que venimos los bogotanos cuando nos conocen en el extranjero. Esperan caritas sonrientes de rasgos raciales bien marcados y animados por el colorido vivaz de nuestras prendas autóctonas con un monito pícaro al hombro.

En la realidad Bogotá no es menos fabulosa y exótica que aquella que esconde el tesoro del Dorado. Es aquel dragón inimaginable donde siempre es otoño, lluviosa y de cielos purpúreos donde la gente se viste todo el año de gris y siempre lleva paraguas. La Bogotá increíble que vive paralela y feliz, con altos grados de civilización en cuanto a cultura ciudadana, a un dolor que se supera rápidamente e incluso se olvida. La bella cuyo punto de referencia son las montañas, no una estrella, un río, o un rascacielos, encaramada en los Andes. Por supuesto, oh sorpresa, no hay mar. No hay estaciones, siempre otoño. No se almuerza coca en ensalada sino corrientazo.  En este lugar fantástico, conviven los tiempos en una sola megaciudad de siete millones de habitantes, rápida, brava y donde funcionan proyectos urbanísticos de alto pensamiento y eventos culturales de participación masiva, junto con los carros tirados por burros por ejemplo, las escenas de miseria medieval de niños que viven debajo de una piedra, o una vaquita pastando en un potrero en un barrio urbanizado.

Bogotá maravillosa, coctelera donde estamos todos mestizados tras cinco siglos de revolvernos entre sangre española, indígena, negra, tal vez un poco árabe y de otras europas y que dio como resultado un pueblo de risa fácil. Venimos de la ciudad más visitada por las deidades, la predilecta del Niño Dios y la Virgen María, la que está nuevecita y por estrenar en plena construcción.

Nadie se imagina lo bonita que es y lo buena que está.


Fotografía cortesía de Populardelujo, cooperativa

Ver también en:
http://www.populardelujo.com/asi_costumbres/bogota_divina.htm

Bogotá querida

Junio 30, 2008

Añorada, retratada en la memoria oliéndola a través del viento, cruzando montañas, valles y océanos para recordarla. Bogotá, una de sus caras, la que inspira cartas cursis de amor, la que se extraña hondamente al hallarse lejos de su regazo, es esa que además de definir una identidad y cultura, atraviesa al corazón exiliado haciendo brotar una lágrima pura y triste como aquel rocío claro sobre Monserrate. La ciudad que se palpa en los quereres olvidados cuando la nostalgia tremenda hace dar mareo y aislamiento de estar en el extranjero. La que llama a sus hijos por su nombre propio, en diminutivo y sin acento, surcando las distancias.

Primero están las montañas, crespas y bañadas en un caramelo rojizo al atardecer, referencia máxima para ubicarse, compañía perfecta de cielos en tonos a todo color. Los cerros que aparecen en cada foto mental, presentes eternamente como un ser querido. Luego, dos grandes amores tormentosos, el friecito perpetuo y los 2600 metros sobre el nivel del mar que nos hacen vivos y despiertos. Bogotá adorada que se siente como una taquicardia, un nubarrón cargado de electricidad en la cabeza, un soroche parecido a la pasión, que se transforma en hiper – actividad y lucidez elevándose hasta el delirio febril. Cuando los bogotanos nos vemos de lejos, nos damos cuenta que somos colosales, llevamos un optimismo desbordado e incluso ingenuo, provocado tal vez por tanto oxigeno circulando en la sangre. Las alturas son lo nuestro. Y ahí, sigue la lluvia, interminable y polifacética, a veces fina, a veces brava, tierna e insoportable, aquella que nos infundó la valentía y el buen talante ante toda adversidad… en otros casos nos hizo melancólicos y poetas. Somos gente lamida por la lluvia y el viento, parcos, austeros, meditativos y a la vez cordiales, amables, formales, quizás, tal vez, porque siempre hemos vivido arropados, el paraguas bajo el brazo, buscando aleros, mojándonos grises en un otoño eterno que hoy, nos parece perfecto, tras soportar las temperaturas extremas de otras latitudes.

Bogotá a tus pies estoy, tu, que por un destello de memoria indígena perdido en los tiempos, nunca dejarás de engendrar palabras con ch, unas consagradas en la historia como chafarote, chiflamicas, o aquellos nuestros chusco y chirriado, otras jóvenes y no menos entrañables, chanda, chimba, chocoloco, entre cientas de palabras que van armando una especie de madre patria que nos vio nacer, y que si tuviéramos que situarla geográficamente, dibujaríamos las 8 cuadras del barrio y la casa de una tía, lugares sabidos de memoria de tanto recorrerlos pa’rriba y pa’bajo y que albergan a los dioses del Olimpo de la infancia y juventud.

Y al adentrarse en lo profundo de los amores por el terruño, más que arrugarse el corazón, se frunce de nostalgia es la barriga. Pasar inviernos en tierras extrañas ante la urgencia de un verdadero tamal con chocolate, una aguadepanela con almojábana y queso, una arepa con choclo y lechona de San Andresito, o el suplicio de veranos infernales sin juguito de lulo, de guanábana o de maracuyá, ante la angustiosa imposibilidad de colmar el ansia y el deseo, deja un vacío inexplicable en el alma, de las penas más oscuras del desarraigo. Sabores forjados en la memoria primigenia que nos devuelven a la tenue y deliciosa luz del vientre materno como un Bom bom bum, una chocolatina Jet, una Pony Malta o cualquier otro tesoro de la tienda de la esquina, anidan en nuestro fuego interior de bogotanos. Desesperación por saberse a vuelos internacionales del plato predilecto en Creppes, en Wok, una hamburguesa del Corral o la magia del sabor de Kokoriko, funda insondables depresiones en los bogotanos que suspiran por volver a unirse con las delicias de su prodigiosa ciudad.

Bogotá amada, peinada de belleza sin par por las administraciones de Mockus y Peñalosa, kinder donde siempre Dios es niño, manantial de sorpresas que nunca se agota, escenario de aventuras y telenovelas, apareces en sueños como destino final mullido de bendiciones.

Texto de Paula Riveros
paulariveros@gmail.com

Fotografía cortesía de Populardelujo, cooperativa

ver también en:
http://www.populardelujo.com/asi_costumbres/bogota_querida.htm

Bogotá temida

Junio 30, 2008

Se dicen muchas cosas de la capital colombiana en la prensa internacional.  Que es la Beirut latinoamericana, que está semidestruida. Las estadísticas poco ayudan a mejorar esta imagen. Pero nada es tan cierto como la Bogotá de todos los días, la que asusta de verdad, aquella de la que hay que cuidarse la espalda. La ciudad de los niños con cuchillos que piden monedas y viven bajo las piedras. La del loco que raya los carros con una moneda en Lourdes. La que crece monstruosamente y se come el verde que la rodea. La que según la superstición popular será tragada algún día durante un terremoto por una boca en la tierra.

En el fondo tememos que sea verdad lo que siempre se ha rumorado en los pasillos del colegio y en las reuniones familiares: el mundo se va a acabar, sí, el Apocalipsis va a empezar y no en Nueva York ni en una isla perdida de la Oceanía. El diablo se va a desatar primero en Bogotá. Las hordas de mosquitos inteligentes que invaden los barrios cercanos a los humedales lo han anunciado, las mutaciones imposibles de una gripa resistente a todo medicamento ha venido confirmando lo que desde chiquitos nos desvela: que de esas montañas que rodean la ciudad vendrá la destrucción. Si no es el terremoto, será una cascada más grande que el salto del Tequendama, profecía de los indígenas chibchas, Bochica incluido. ¿Quién no supo, bien sea por un e-mail, un flyer o un chisme, que en Planeación Distrital hay un mapa de Bogotá atravesado por una raya roja grande y gorda por donde se va a partir la ciudad en dos?¿Y que una vez alguien fue por allí a hacer alguna vuelta y todos los funcionarios se estaban abrazando en un mar de lágrimas porque ya casito se venía el terremoto?  Recalentamiento global con el ojo puesto aquí, incendios y lluvias torrenciales, Bogotá es la ciudad en donde la Virgen María se aparece más seguido, siempre para anunciar mala cosa.

Bogotá tiene otras cosas horribles a las que les achacaremos el Castigo Divino, cosas inmundas como “de qué colegio saliste”, “en qué barrio vivías”, “dónde compraste esa falda” (especialmente si tras su apariencia de excelente procedencia se oculta la vergonzosa verdad de haber sido adquirida en ¡oh horror! ¡EL ONLY!), “Qué hace su papá, cuánto gana”. Hay gente mayor de 30 que todavía lo pregunta. Si Bogotá es borrada de la faz de la tierra será por culpa de “¡Yo adoro a mi muchacha, siempre le doy un regalo y una abrazo en navidad, No puedo vivir sin ella!”. Por otro lado, tal vez la destrucción masiva sea la solución definitiva al problema del siglo, constatado en toda encuesta realizada entre amigas, tías y primas: no hay hombres en Bogotá. NO-HAY, están todos casados o tienen de a tres novias, y los que quedan son feos, se miran el ombligo, sólo se quieren a sí mismos o están llenos de problemas. Mejor dicho, que venga el diablo y escoja. Bogotá da mucho miedo si uno sabe que no va a encontrar novio y especialmente si existe esa amiga de la mamá que pregunta cizañosa “mijita, ¿ya consiguió novio?” y esas excompañeras del colegio que se compadecen dichosas cuando uno termina con tal o pascual.

Pasando a temas menos escabrosos, hay otros disparadores de angustias en nuestra gris ciudad, como por ejemplo las rutas de los ejecutivos, colectivos y busetas que están anunciadas en el vidrio panorámico en códigos para especializados y que cambian a cada ida y venida, según si la calle está muy llena o inundada. Es también insoportable la paranoia de ir siempre abordo de un taxi con muñeco, pilas a que el man no se haga el vivo y cobre más, cayendo incluso en el delirio de ir observando el taxímetro punto a punto y el reloj segundo a segundo. Para los del centro da pavor la Bogotá del norte y del sur, para los del sur da pavor la del nortecito, para los del ultranorte, el aterrador centro y el fuchi sur: Bogotá más allá de sus límites internos es tierra oscura de zombis.

Por último, la ciudad que nos hace llorar y dar dolor de barriga, es donde todavía se corre el riesgo de escuchar por azar esa maldita canción de 4:40 en una buseta o un negocio. Esa canción que trae recuerdos de esa fiesta de 15 aciaga en la que se comió pavo mientras todo el mundo disfrutaba del hit del momento animado por “Reina de corazones” con humo de olor a fresa y todo, por culpa de ese corte de pelo asqueroso, obra macabra de un peluquero en Chapinero que no supo interpretar los anhelos de rockstar dejando un alisado a las malas todo eléctrico y un trasquile en la capul fatal. Bogotá, ciudad espantosa donde se anda con cuidado de no irse a encontrar por casualidad con aquel exnoviecito(a) que se quiso tanto tantísimo y pasar por esa mala hora de verlo(a) felizmente casado(a) con otro(a).


Texto de Paula Riveros
paulariveros@gmail.com

Fotografía cortesía de Populardelujo, cooperativa

ver también en:
http://www.populardelujo.com/asi_costumbres/bogota_temida.htm